
«may you always / know the light / that you are»
Lucille Clifton
Hay palabras que bendicen cosechas
y palabras que hunden a un rey.
Hay palabras que consagran y hacen levitar
y palabras que abren el pecho en dos.
A veces son las mismas palabras.
Este taller parte de una pregunta antigua: ¿qué hace que una palabra tenga poder?
No poder retórico. No poder decorativo. Poder real. El poder de cambiar (mover – conmover) algo en quien la dice y en quien la recibe.
Vamos a explorar dos tradiciones que conviven desde el origen de la poesía: el elogio que consagra — la oda, el himno, la bendición — y el mal decir que rompe con precisión quirúrgica — el yambo, el insulto sagrado, el lenguaje como transgresión.
Vamos a leer a Arquíloco y a los Salmos, a Quevedo y a Vallejo, a poetas que supieron que escribir es intervenir en el mundo.
Y después vamos a escribir: por supuesto!
«Maldigo del alto cielo», VIOLETA PARRA
Maldigo del alto cielo
la estrella con su reflejo,
maldigo los azulejos
destellos del arroyuelo,
maldigo del bajo suelo
la piedra con su contorno,
maldigo el fuego el horno
porque mi alma está de luto,
maldigo los estatutos
del tiempo con sus bochornos,
cuánto será mi dolor.
(…)
Abigarrada belleza, GERARD MANLEY HOPKINS
Gloria a Dios por todo lo abigarrado;
por los cielos bicolores como una vaca berrenda,
por las motitas rosas que puntean a la trucha que nada,
cataratas de castaño de recientes brasas, alas de pinzones,
el paisaje parcelado y juntado, el aprisco, el barbecho y el arado,
y todos los oficios, sus aperos y arreos, sus adornos.
Todas las cosas contrarias, originales, singulares, extrañas;
todo lo voluble y con pecas (¿quién sabe cómo?)
con lo veloz, lo lento; con lo grato, lo agrio, con lo fulgurante, lo fosco;
de todo es padre, y su belleza no cambia:
alabadlo.